domingo, 2 de noviembre de 2025

La Martiniana - Fabiola Amaro y Ximena Michelle

En Equis antes Tuirer

 


María Garay López (1959-2025)



La senda de Lucina


En medio de la penumbra originada por los altos y tupidos encinos, Lucina caminaba por aquella vereda, entre la neblina y el rocío de la mañana. La había recorrido tantas veces junto a su marido, Alonso, que podía seguirla casi con los ojos cerrados. Ese terrenito, única herencia de su esposo, situado en una ladera de la Sierra Juárez, la enorgullecía. ¡Era tan hermoso ese lugar!

Parecía una eternidad, pero apenas se cumplían nueve meses desde el fallecimiento de Alonso. A pesar de las constantes advertencias, él se había negado a vender su parcela a un grupo de conocidos talamontes. Eso le costó la vida. Fue una víctima más de la violencia desatada por las bandas delincuenciales que asolaban la región.

Cuando lo mataron, Lucina se sintió profundamente triste y furiosa, pero no podía hacer nada ante la complicidad de los delincuentes con las autoridades locales.

La ausencia de Alonso la dejó tan deprimida que sus hermanas tuvieron que llevarla al rascuache hospital del pueblo cercano, en donde sólo le dieron la atención mínima para que no muriera. Lucina era una mujer corpulenta y sana, lo que le valió para no irse de este mundo en ese momento y lugar.

A pesar de los deseos de ella y su marido de criar una gran familia, sólo tuvieron dos hijos, a quienes mandaron a estudiar a la capital del estado en cuanto pudieron. La cosa empezaba a ponerse fea en ese entonces y no querían que corriesen el riesgo tanto de ser reclutados “voluntariamente a fuerzas” como de encontrarse en medio de un pleito entre bandas rivales.

Llevaban ya tres años fuera de la comunidad, y no habían vuelto hasta el funeral de su padre.

Después del novenario y las misas de difunto, a Lucina se le apersonaron espíritus del pasado que le ayudaron a empezar a sanar. Uno de ellos, su abuela. Ella fue, desde muy joven y hasta su muerte, la curandera de la comunidad. Chamana, según la costumbre zapoteca. Lucina había sido su nieta preferida, además de su ayudante. Le enseñó a curar almas y cuerpos a través del uso de yerbas, piedras, velas y veladoras, polvos y otros menjurjes. Todo acompañado por cánticos y rezos; conocimientos ancestrales que tenían el deber de salvaguardar.

Luego de la muerte de Alonso, cuando luchaba con el insomnio y le parecían muy largas las horas de la noche, no le asustó ni extrañó que su abuela empezara a visitarla. Se sentaba en su cama y la arrullaba con salmos recitados con voz muy bajita. Las dos juntaban sus manos, y entonces Lucina se quedaba dormida.

A veces, su abuela la acompañaba en la cocina mientras limpiaba los frijoles y charlaban junto al fogón, entre el humo de los leños. En ese lugar compartían recetas para preparar infusiones y ungüentos, y recordaban algunos malogros acaecidos durante las “limpias”.

Pero Lucina sabía que su abuela tendría que irse, y antes de que esto sucediera quería su consejo. Así que un día, en cuanto la sintió llegar, preguntó:

—¿Por qué la muerte se llevó a Alonso, un hombre bueno, y no a alguien malo, como Salomón, el borracho que golpea a su mujer? ¿Por qué no se lleva a todos los desgraciados malandros asesinos que pululan por la región? ¿Por qué…?

La abuela se llevó un dedo a la boca indicándole que no siguiera con sus quejas. Amorosamente la cubrió con su rebozo, como hacía cuando era niña, y le murmuró al oído:

Guenda, Luci, algún día todos llegaremos al Principio. Entre tanto, tu espíritu debe seguir la senda.

A partir de ese momento la invadió una gran paz.

Lucina recordaba claramente esas palabras, porque fueron las últimas que su abuela le reveló.

Ahora, al caminar por el bosque, le parecía que la luz del sol era mucho más brillante que antes, y los sonidos del viento entre las ramas de los árboles le susurraban:

Guendabiaani, guendabiaani, Luci.



- - - - -
En lengua zapoteca: Guenda: Fuente, Unidad, Totalidad. Guendabiaanni: sabiduría, conocimiento.






Paloma Cuevas (1972- 2025)


Pólvora


Uno no quema su pólvora en infiernitos,
la guarda para momentos especiales,
de esos que nos hacen sonreír a solas,
de los que requieren incendios memorables.

* * * * *

Me apeteces


Me apeteces y te aviso que voy a repetir.
Se me antoja tu piel,
tu sonrisa
                      —tu intelecto—.
Se me antojan tus palabras
y tu voz
                       —todo tu cuerpo—.
Quiero morder tu oreja,
Saborear tus labios
                        —beber tu aliento—.
Me provocas un pecado capital,
Gozarte de pie, de ladito
                         —Completo—.




Poemas contenidos en la plaquette De amputaciones necesarias, publicada por La Comuna Girondo

Calavera a Miguel Álvarez Acosta

 La Prensa, circa 1971.



Ramón Bolívar (1953-2025)



1

Miro a lo lejos
de un trazo azul.
Entre dormido
—abierto al tiempo—,
desnudo tú.


2

Un rumor eterno
encubre al pecho.
Y bajo el oleaje,
tibio y sereno,
tu oscuro cuerpo.

3

Es tu sexo una barca
junto a la mar,
mástil que apunta al cielo
de abiertas alas.
¡A navegar!

4

Viene una ola
—cierro los ojos—,
la piel lo siente.
Entre los labios
turbio resbala
un canto ardiente.

5

Si tu cuerpo es la mar,
yo me voy a la mar,
a lamer, al amor.

Antonio Calera-Grobet (1974-2025)



El natural

«Nací el día del entrecruzamiento entre vivos y muertos, en que ambos se acurrucan entre flores y cantos, en un entrecerrado páramo de la realidad. Escorpión de noviembre dos, ruinas que veis pruebas a las que me remito, abrí los ojos cuando otros los sellaban para su boleto de magnánima gloria. Pamplinas, dirán, no importa el ciervo por ir al cielo o al matadero, pero cuaja mi vida en ese umbral en que todo se confunde, no se sabe si se ha comenzado a desdibujar o borrar nuestra figura, se mezclan el agua, el azar y el infortunio. En un santiamén caí a esta tierra de ahuejotes y tzompantlis, espejos soterrados por los templos de la cruz, las bellas llanuras del idioma redoblado en glifos, palabras y abecedarios. Como cualquier otro, cuando regrese a la tierra alimentaré las milpas con la grasa de mis viajes, mis pocas páginas con erratas, mis casuísticas, y será mi cadáver unto fresco para los humus del inframundo. Mírame. Miro las cosas como tú: me entusiasma el pan pasado por vino, y me paro frente al mar como lo haces y lo harán los hijos de tus hijos: asombrado, temeroso y absolutamente conmovido por el hecho de ser vivo. Soy un pedazo de cera que se guarece lo mismo en la sombra que en la luz cegadora de los pocos pensamientos que se ha hecho. Me hiere en la cal de los huesos la muerte no mía, que sobrevenga en la vigilia y me entiese con su brea la muy fría, si no la de los míos u otros con aire de familia. No temo arder, me gusta tocar pelo pero ando con cuidado de que mi sangre no toque el piso y los acicates no corten mi lengua. Soy, pues, un natural del día de los muertos, escorpión del dos y como a ti, me espesa la sangre el cauce que ha tomado la Bestia, la calma chicha de esta naturaleza muerta en que han convertido nuestra casa de lagos y montañas, de piedras y agua, caseríos vacíos y con sed. Y como tú me encuentro aquí supeditado a ello, en entredicho con ese algo, con tal sed de ser águila, de ser serpiente, de sed jaguar.»

Mario Vargas Llosa (1936-2025)

Fragmento del discurso de aceptación del Premio Nobel

«Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas deviaje submarino, luchar junto a d?Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma ?la escritura y la estructura? lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada...»

Julieta Fierro (1948-2025)

Fragmento del discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua

«Imaginemos un caracol, uno de jardín. Recorramos con la mente la espiral que decora su concha y que le sirve de casa. Pensemos en la manera en que disfruta la humedad después de la lluvia. Parecería que le entusiasma tanto como a algunos de nosotros cuando retozamos entre las olas del mar gozando de las caricias del agua salada.

Tanto humanos como caracoles tenemos ancestros que surgieron del mar. No solo los primeros organismos vivientes se originaron dentro de lodo salobre y emprendieron la conquista de la tierra emergida; nosotros vivimos nuestros primeros meses dentro del agua y poseemos un mar salado en el interior de la bolsa que es nuestro organismo. De allí nuestro gusto por la sal y por el agua.

Los caracoles y las personas nos adaptamos para vivir en las grandes urbes. Anualmente ellos gozan al devorar rosales, los chilangos encontramos en nuestra ciudad sorpresas como son las jacarandas en flor; gozamos la libertad para pensar y crear.

Reflexionemos sobre las miles de generaciones de caracoles que debieron adaptarse a la ausencia de olas y avanzaron a paso lento hasta las planicies de la cuenca de México; usaron la rádula para comer, en lugar de algas, las plantas de nuestros patios. Las palabras alegran los jardines de nuestra mente. Transitamos por ellas lentamente con el placer de palparlas. Nos detenemos sobre sus humedades y nos envolvemos con su aroma.

Un caracol tiene branquias internas en lugar de pulmones. Los nuestros surgieron de las vejigas natatorias de algún pez primitivo. Tanto branquias como vejigas sufrieron lentas adaptaciones y así transitaron del mar salado y delicioso al disfrute del aire aromático de un amanecer después de la lluvia. Estas bolsas de aire permiten el habla, dar entonación a las palabras y soltar carcajadas. Si no fuera por nuestros pulmones no podríamos cantar al son de una sandunga y pronunciar palabras como amor y soledad. Las nuevas ideas y productos requieren ser nombrados. Voces del pasado se recuperan y adquieren nueva vida; otras desaparecen o mutan a la par de nuestra existencia...»

José de Jesús Sampedro (1950-2025)



usted me jodió el mundo




pobrecito poeta
que era yo, escribió roque dalton
y yo suscribo: pobrecito poeta que seré yo. usted,
donoso pareja, me amarró en esto, usted comprende,
usted será culpable, como bretón
usted “desbarató en mí ese complot de
fuerzas oscuras
que nos arrastran a atribuirnos una cosa tan absurda
como una vocación”. o como carlos maría gutiérrez,
usted “me jodió el mundo”
usted podrá decir que únicamente me enseñó a comer
mejor,
que nada me hacía falta aparte de eso.
por supuesto, un filete hace esto mejor pero no es
fundamental
usted me hace sentir la frase de dalton
y usted me hace continuar no obstante
contra todo.
usted me jodió la poesía, donoso, usted me jodió el
mundo.
la escritura tiene su límite. usted puso en mí la voluntad
de borrar ese límite.
usted fomentó aún más todavía esa dualidad, aunque
piense
lo contrario. se lo agradezco,
era necesario. usted me hizo continuar.
usted me jodió el mundo,
usted me hizo bien.