sábado, 31 de octubre de 2026

Yo no me río de la muerte - Javier Heraud



Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y arboles.

Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reir de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tétrica vestimenta.

Yo no me río de la muerte.
Sin embargo, conozco su
blanca casa, conozco su
blanca vestimenta, conozco
su humedad y su silencio.

Claro está, la muerte no
me ha visitado todavía,
y Uds. preguntarán: ¿qué
conoces? No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar
ella yo estaré esperando,
yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.

La miraré blandamente
(no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.

Silencio y paz - Ignacio Larrañaga

Fue llevado al país de la vida. ¿para qué hacer preguntas? Su morada, desde ahora es el descanso, y su vestido la luz para siempre. 
Silencio y Paz, ¿Que sabemos nosotros? Dios mío, Señor de la historia y dueño del ayer y del mañana, en tus manos están las llaves de la vida y de la muerte. 
Sin preguntarnos nos llevaste contigo a la morada Santa, y nosotros cerramos nuestros ojos, bajamos la frente y simplemente decimos: está bien, así sea. 
Silencio y Paz, La música fue sumergida en aguas profundas, y todas las nostalgias gravitan sobre las llanuras infinitas. Se acabó el combate, ya no habrá para él lágrimas y ni llanto, ni sobresaltos. El sol brillará por siempre sobre su frente, y una paz intangible asegurará definitivamente sus fronteras. 
Señor de la vida y dueño de nuestros destinos, en tus manos depositamos silenciosamente este ser entrañable y amado que se nos fue. Mientras aquí abajo entregamos a la tierra sus despojos transitorios, duerme su alma inmortal para siempre en la paz eterna, en tu seno insondable y amoroso, oh Padre de misericordia.

Silencio y Paz. Amén

domingo, 2 de noviembre de 2025

La Martiniana - Fabiola Amaro y Ximena Michelle

En Equis antes Tuirer

 


María Garay López (1959-2025)



La senda de Lucina


En medio de la penumbra originada por los altos y tupidos encinos, Lucina caminaba por aquella vereda, entre la neblina y el rocío de la mañana. La había recorrido tantas veces junto a su marido, Alonso, que podía seguirla casi con los ojos cerrados. Ese terrenito, única herencia de su esposo, situado en una ladera de la Sierra Juárez, la enorgullecía. ¡Era tan hermoso ese lugar!

Parecía una eternidad, pero apenas se cumplían nueve meses desde el fallecimiento de Alonso. A pesar de las constantes advertencias, él se había negado a vender su parcela a un grupo de conocidos talamontes. Eso le costó la vida. Fue una víctima más de la violencia desatada por las bandas delincuenciales que asolaban la región.

Cuando lo mataron, Lucina se sintió profundamente triste y furiosa, pero no podía hacer nada ante la complicidad de los delincuentes con las autoridades locales.

La ausencia de Alonso la dejó tan deprimida que sus hermanas tuvieron que llevarla al rascuache hospital del pueblo cercano, en donde sólo le dieron la atención mínima para que no muriera. Lucina era una mujer corpulenta y sana, lo que le valió para no irse de este mundo en ese momento y lugar.

A pesar de los deseos de ella y su marido de criar una gran familia, sólo tuvieron dos hijos, a quienes mandaron a estudiar a la capital del estado en cuanto pudieron. La cosa empezaba a ponerse fea en ese entonces y no querían que corriesen el riesgo tanto de ser reclutados “voluntariamente a fuerzas” como de encontrarse en medio de un pleito entre bandas rivales.

Llevaban ya tres años fuera de la comunidad, y no habían vuelto hasta el funeral de su padre.

Después del novenario y las misas de difunto, a Lucina se le apersonaron espíritus del pasado que le ayudaron a empezar a sanar. Uno de ellos, su abuela. Ella fue, desde muy joven y hasta su muerte, la curandera de la comunidad. Chamana, según la costumbre zapoteca. Lucina había sido su nieta preferida, además de su ayudante. Le enseñó a curar almas y cuerpos a través del uso de yerbas, piedras, velas y veladoras, polvos y otros menjurjes. Todo acompañado por cánticos y rezos; conocimientos ancestrales que tenían el deber de salvaguardar.

Luego de la muerte de Alonso, cuando luchaba con el insomnio y le parecían muy largas las horas de la noche, no le asustó ni extrañó que su abuela empezara a visitarla. Se sentaba en su cama y la arrullaba con salmos recitados con voz muy bajita. Las dos juntaban sus manos, y entonces Lucina se quedaba dormida.

A veces, su abuela la acompañaba en la cocina mientras limpiaba los frijoles y charlaban junto al fogón, entre el humo de los leños. En ese lugar compartían recetas para preparar infusiones y ungüentos, y recordaban algunos malogros acaecidos durante las “limpias”.

Pero Lucina sabía que su abuela tendría que irse, y antes de que esto sucediera quería su consejo. Así que un día, en cuanto la sintió llegar, preguntó:

—¿Por qué la muerte se llevó a Alonso, un hombre bueno, y no a alguien malo, como Salomón, el borracho que golpea a su mujer? ¿Por qué no se lleva a todos los desgraciados malandros asesinos que pululan por la región? ¿Por qué…?

La abuela se llevó un dedo a la boca indicándole que no siguiera con sus quejas. Amorosamente la cubrió con su rebozo, como hacía cuando era niña, y le murmuró al oído:

—Guenda, Luci, algún día todos llegaremos al Principio. Entre tanto, tu espíritu debe seguir la senda.

A partir de ese momento la invadió una gran paz.

Lucina recordaba claramente esas palabras, porque fueron las últimas que su abuela le reveló.

Ahora, al caminar por el bosque, le parecía que la luz del sol era mucho más brillante que antes, y los sonidos del viento entre las ramas de los árboles le susurraban:

—Guendabiaani, guendabiaani, Luci.



- - - - -
En lengua zapoteca: Guenda: Fuente, Unidad, Totalidad. Guendabiaanni: sabiduría, conocimiento.






Paloma Cuevas (1972- 2025)


Pólvora


Uno no quema su pólvora en infiernitos,
la guarda para momentos especiales,
de esos que nos hacen sonreír a solas,
de los que requieren incendios memorables.

* * * * *

Me apeteces


Me apeteces y te aviso que voy a repetir.
Se me antoja tu piel,
tu sonrisa
                      —tu intelecto—.
Se me antojan tus palabras
y tu voz
                       —todo tu cuerpo—.
Quiero morder tu oreja,
Saborear tus labios
                        —beber tu aliento—.
Me provocas un pecado capital,
Gozarte de pie, de ladito
                         —Completo—.




Poemas contenidos en la plaquette De amputaciones necesarias, publicada por La Comuna Girondo

Calavera a Miguel Álvarez Acosta

 La Prensa, circa 1971.



Ramón Bolívar (1953-2025)



1

Miro a lo lejos
de un trazo azul.
Entre dormido
—abierto al tiempo—,
desnudo tú.


2

Un rumor eterno
encubre al pecho.
Y bajo el oleaje,
tibio y sereno,
tu oscuro cuerpo.

3

Es tu sexo una barca
junto a la mar,
mástil que apunta al cielo
de abiertas alas.
¡A navegar!

4

Viene una ola
—cierro los ojos—,
la piel lo siente.
Entre los labios
turbio resbala
un canto ardiente.

5

Si tu cuerpo es la mar,
yo me voy a la mar,
a lamer, al amor.

Antonio Calera-Grobet (1974-2025)



El natural

«Nací el día del entrecruzamiento entre vivos y muertos, en que ambos se acurrucan entre flores y cantos, en un entrecerrado páramo de la realidad. Escorpión de noviembre dos, ruinas que veis pruebas a las que me remito, abrí los ojos cuando otros los sellaban para su boleto de magnánima gloria. Pamplinas, dirán, no importa el ciervo por ir al cielo o al matadero, pero cuaja mi vida en ese umbral en que todo se confunde, no se sabe si se ha comenzado a desdibujar o borrar nuestra figura, se mezclan el agua, el azar y el infortunio. En un santiamén caí a esta tierra de ahuejotes y tzompantlis, espejos soterrados por los templos de la cruz, las bellas llanuras del idioma redoblado en glifos, palabras y abecedarios. Como cualquier otro, cuando regrese a la tierra alimentaré las milpas con la grasa de mis viajes, mis pocas páginas con erratas, mis casuísticas, y será mi cadáver unto fresco para los humus del inframundo. Mírame. Miro las cosas como tú: me entusiasma el pan pasado por vino, y me paro frente al mar como lo haces y lo harán los hijos de tus hijos: asombrado, temeroso y absolutamente conmovido por el hecho de ser vivo. Soy un pedazo de cera que se guarece lo mismo en la sombra que en la luz cegadora de los pocos pensamientos que se ha hecho. Me hiere en la cal de los huesos la muerte no mía, que sobrevenga en la vigilia y me entiese con su brea la muy fría, si no la de los míos u otros con aire de familia. No temo arder, me gusta tocar pelo pero ando con cuidado de que mi sangre no toque el piso y los acicates no corten mi lengua. Soy, pues, un natural del día de los muertos, escorpión del dos y como a ti, me espesa la sangre el cauce que ha tomado la Bestia, la calma chicha de esta naturaleza muerta en que han convertido nuestra casa de lagos y montañas, de piedras y agua, caseríos vacíos y con sed. Y como tú me encuentro aquí supeditado a ello, en entredicho con ese algo, con tal sed de ser águila, de ser serpiente, de sed jaguar.»

Mario Vargas Llosa (1936-2025)

Fragmento del discurso de aceptación del Premio Nobel

«Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas deviaje submarino, luchar junto a d?Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma ?la escritura y la estructura? lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada...»