sábado, 2 de noviembre de 2024

Desamparo - Alicia Rosas



Mi madre murió de repente. Aunque tuvo una vida larga, no era su tiempo todavía. Una tarde, el techo que debería haber sido su refugio, cayó sobre ella, en una traición dura y áspera.

Me pareció que yo misma miraba el mundo desde ahí, debajo de los planes fracturados y las palabras sepultadas. Yo había muerto. Y era así porque en ese lugar perdí la parte de mi identidad que dependía de ella. No era más la hija, sino la huérfana. De pronto ya nadie guardaba la contraparte de mis recuerdos.

También ese día murió Dios. Antes no lo sabía, pero Él tenía la figura de mi madre, tenía su voz y su bondad. Y su fiereza.

Quedé, pues, doblemente huérfana, de madre y de Dios, en un mundo desierto, sin fe, sin dulzura, sin su voz.

Aquel día perdí además el miedo. Ese que atormenta a todos los hijos. El día que no quieren descubrir nunca: la fecha de la despedida. Pues, aun si lo perciben cerca, desean mirar a otra parte.

Ahora, después de tantos años, cuando ella tendría más edad, menos vida frente a ella, temo el día en que ya ni en otro universo (uno donde no hubiera encontrado un final adelantado), ni en los sueños, sería posible su vida. Y no sé cómo podré seguir sin el espejismo de su existencia ni siquiera como posibilidad imaginaria, cuando lo único creíble sea el silencio.

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