(del poemario inédito Perfiles interiores)
Antes de irse, juntos dibujábamos una historia sobre el agua, aunque a veces el estanque se enturbiaba con la llegada de la noche: entonces nos mirábamos a los ojos mientras la soledad del viento hacia juego con la luna.
De alguna incierta manera sabíamos que el agua era un manto vulnerable, una inclemente sucesión de espejos sin memoria.
En ocasiones a nuestras manos asomaban los presagios que –breves aves del abismo– eran disueltos en cuanto nuestros cuerpos se anudaban arrebatándole claridad al tiempo.
La historia que juntos construíamos en los andamios del agua era como la escritura de los ríos que cruzan la noche de las montañas para luego desembocar quién sabe en dónde y quién sabe para qué.
Nosotros apenas sabíamos que mientras persistiéramos tatuando a besos mapas en nuestros cuerpos, la historia seguiría siendo tolerada por la noche.
Así fue como nos descubrimos rostros que no sabíamos, cuando con nuestros dedos encontrábamos nuevas formas en los delirios del humo.
Y ahí eran los pinceles del sueño los que al amanecer desataban las barcas para que estas navegaran iluminando el día.
O eran nocturnas acuarelas que sin saber pintábamos las que en otros días nos mostraban de todo aquello sólo restos del naufragio donde las horas de la madrugada habían hundido toda esperanza.
Pero volvíamos, Sísifos de la nada, a querer habitar manantiales que seguían mutando en nuestros ojos sin que nadie lo advirtiera.
Volvíamos a rehacer de las evanescentes formas del olvido una choza, un árbol y un lecho de hojas palpitantes donde reinventábamos las heridas al vuelo punible del deseo.
Porque no se nos dio otra cosa que este pintar de labios en el transcurrir oceánico de los reflejos, siempre a la deriva, dejándonos llevar por los latidos del alba.
Intuí en ella que si nace una mujer es para cantar en los brazos del aire, para retar al horizonte, para iluminar al cielo con ojos claros, para sembrar esperanza en los caminos.
Ahora que se ha ido, me gusta que la tarde no se mueva y que apenas los árboles atestigüen el silencio de la noche que comienza. Por un instante el horizonte es un pretil al vacío, un breve anuncio de la oscuridad sin memoria que se ahonda en nuestros ojos.
Y la nostalgia un abanico de pájaros volando de la copa de un árbol a otro al fin de la tarde.
De alguna incierta manera sabíamos que el agua era un manto vulnerable, una inclemente sucesión de espejos sin memoria.
En ocasiones a nuestras manos asomaban los presagios que –breves aves del abismo– eran disueltos en cuanto nuestros cuerpos se anudaban arrebatándole claridad al tiempo.
La historia que juntos construíamos en los andamios del agua era como la escritura de los ríos que cruzan la noche de las montañas para luego desembocar quién sabe en dónde y quién sabe para qué.
Nosotros apenas sabíamos que mientras persistiéramos tatuando a besos mapas en nuestros cuerpos, la historia seguiría siendo tolerada por la noche.
Así fue como nos descubrimos rostros que no sabíamos, cuando con nuestros dedos encontrábamos nuevas formas en los delirios del humo.
Y ahí eran los pinceles del sueño los que al amanecer desataban las barcas para que estas navegaran iluminando el día.
O eran nocturnas acuarelas que sin saber pintábamos las que en otros días nos mostraban de todo aquello sólo restos del naufragio donde las horas de la madrugada habían hundido toda esperanza.
Pero volvíamos, Sísifos de la nada, a querer habitar manantiales que seguían mutando en nuestros ojos sin que nadie lo advirtiera.
Volvíamos a rehacer de las evanescentes formas del olvido una choza, un árbol y un lecho de hojas palpitantes donde reinventábamos las heridas al vuelo punible del deseo.
Porque no se nos dio otra cosa que este pintar de labios en el transcurrir oceánico de los reflejos, siempre a la deriva, dejándonos llevar por los latidos del alba.
Intuí en ella que si nace una mujer es para cantar en los brazos del aire, para retar al horizonte, para iluminar al cielo con ojos claros, para sembrar esperanza en los caminos.
Ahora que se ha ido, me gusta que la tarde no se mueva y que apenas los árboles atestigüen el silencio de la noche que comienza. Por un instante el horizonte es un pretil al vacío, un breve anuncio de la oscuridad sin memoria que se ahonda en nuestros ojos.
Y la nostalgia un abanico de pájaros volando de la copa de un árbol a otro al fin de la tarde.
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