sábado, 2 de noviembre de 2013

El final es importante - Norberto de la Torre

EL FINAL ES IMPORTANTE. Este río se perderá
como una gota de vino en el verano,
y habrá que meditar ese final ahora.
Tal vez encontrar una, la más extraña,
de las diez mil formas de la muerte.
/Aquí aparece un cisne negro, una parvada
de inquietos estorninos, el primer rayo
de sol de la semana./ También puede ser
el derrumbe de una ciudad de vidrio
en el parterre, o una lista
de las diez mil maneras de decir amor.

Poema por la vida y la muerte de un pintor - Hugo Lázaro Aguilar


A Armando Belmontes

Espíritu de mi padre, aconséjame
Guíame en esta hora de angustia
Sálvame del error del tiempo
¡No permitas que mi vida se parezca a la tuya!

Fantasma de Marianito, ora por mí
Socórreme en este tránsito
Dáme tu bendición poderosa
¡No quiero que mi muerte se parezca a la Suya!

Espíritu de mi abuela, alcánzame
Dame tus manos, tus conjuros
La señal, muéstrame el camino
¡No dejes que mi vida se parezca a la Suya!

"Brincando charcos" (aguafuerte y aguatinta)

No me lloren entonces - Jonatan Gamboa

Cuando yo me vaya,
¿me extrañaran ustedes
que hoy se ausentan?
¿Acaso entonces
enunciarán virtudes
que hoy se esconden
a las miradas parcas
de quienes voltean
lejos de mis pesares?

Díganme:
¿Morir santifica?
¿Matarse aclara
las lógicas?
Porque resulta
que acudí a sus brazos,
que conté las penas
y sigo pagando cuentas,
brindando alivio a sus llantos,
viajando por las sierras
para brindar amor,
conteniendo las agresiones,
sonriendo a la dependiente,
a la de mirada dulce…

Díganme, pregunto:
¿La lluvia les recuerda
a quien hoy camina a solas?
No me digan que no saben
que canto un blues
por cada nombre,
que mis letras vivas
son la ausencia obligada
por las leyes que acusan
de ser el fuerte y oprimen
para compensar
que el Patriarcado
ha golpeado inocentes,
inocentes que no se parecen a mí,
inocentes que no sometí,
pero por las que pago
una justicia miope
que sólo ve género
pero olvida las almas.

A la mierda su opresión,
a la mierda su necesidad
de compensaciones
generalizantes que matan
la vida sin distinción,
aunque les duela:
no sólo los marginados sufren,
¿por qué olvidan
que para sufrir
no hay distinciones?

Cuando yo me vaya
lárguense a la mierda
con sus lágrimas,
húndanme en el Infierno
y no me salven
con ceremonias vacías,
guárdense mi lista de virtudes.
Desprécienme como hoy,
para entonces
no me servirá
ni su lástima ingenua,
ni sus juicios pendejos,
ni sus vínculos miopes,
ni sus recuerdos obtusos.

No me lloren entonces.
Porque hoy que un abrazo
me colmaría de la calma
que tanto he buscado
no están,
ninguno, ninguna,
no le mientan a mi recuerdo:
hoy lloro en soledad,
sin virtudes, sin amigos,
sin vínculos, sin empatías…

Así que no me lloren,
déjense de idioteces,
moriré por gusto,
con las injusticias
de mi mente obtusa,
sin salidas sencillas;
no hay decisión fácil
para quien,
alejado del amor,
busca el requiescat
para el abrigo olvidado
de los hombros cansados
de esperar consuelos.

Cierto,
hay quienes no precisan
de los otros para sonreír,
pero habemos débiles,
almas pueriles
que ruegan consuelos.
Somos seres risibles,
somos entes sin luz,
¿de qué valdrá llorarnos luego?,
si hoy no valemos
y en la muerte
buscamos el abrigo
de lo que no pudimos
gozar en vida.

Lo anunciaron como el Cosa sin amar - Costa sin Mar

02 de Diciembre

El médico no me concede más de dos meses de vida. La enfermedad venció. Después de recibir los resultados de los últimos exámenes Daniel envió algunos correos: a María, la madre de Ireneo y a Adriana, como último guiño a mi adolescencia.

Comimos en mi cuarto. Daniel e Ireneo estuvieron callados, no quieren molestarme, dicen. Pero si supieran que ningún ruido puede distraerme del inmenso ruido que se acerca. Tantos años pensando en este momento.
Por la noche cuando Daniel me inyectó me di cuenta de que hoy es el cumpleaños de mi padre. Me arrepentí de quemar las fotografías que conservaba de él. No puedo recuperar del todo su cara.
Debería salir y sentir el aire y el frío, mirar el cuerpo afligido de Daniel.
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13 de Diciembre
La salud no mejora. Más bien debería anotar que no cambia. El dolor no cambia. Por la mañana sólo sentía mis brazos por el dolor de las múltiples inyecciones que recibo.

Ireneo trajo algunos libros a mi cama. Leyó por una hora. Me fatigué demasiado. El cerebro ya no funciona.
Pienso pedirle a Daniel que busquemos una solución más rápida. Hasta para suicidarme pediré ayuda.

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26 de Diciembre

Daniel intenta distraerme: leyó poemas que sabe me conmueven. El médico envió calmantes, les pedí que no me los administraran, no deseo eliminar el ruido.
Después de escribir lo último recordé que cuando mi abuela murió escribí que la muerte tenía el ruido de los árboles. Siempre me equivoqué. Incluso ahora, cuando la muerte esté junto a mí sé que no será estruendosa como ahora la siento.

3 de Enero
Visita al médico. No dio esperanzas. Me internaron en el hospital. Daniel dice que es por mero trámite. Cada vez escucho su voz más lejana, cada vez escucho más ruido.
No llegaré a los dos meses que había prometido el médio, no cumpliré cuarenta y tres años. Por lo menos terminaré con este cuaderno, para la colección de cuadernos con mi letra en negro. No puedo tragar. Me han conectado a demasiados tubos.

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4 de Enero
Demasiado ruido. Tengo que dictar estas palabras a Ireneo pero ni siquiera alcanzo a escucharlas. Para decirlas tienen que retirarme el respirador. No me puedo mover. Para estas dos líneas hemos tardado casi una hora.
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[Esta fue la última entrada al diario que hizo Jorge Posada. El día seis de enero del 2023 cerca de las nueve de la mañana murió. N. del E.]

Cuando quiero morir no muero y a veces muero sin querer


San Luis Páramo


Vine al Saucito porque me dijeron que aquí vive mi padre, un tal Juan del Jarro. Después de comerme unas gordas y tomarme un vaso de pulque bien espeso en el que debería ser el octavo barrio de la ciudad, llegué al panteón a las seis de la tarde y el guardia ya no quería dejarme entrar. ¿Seguro que es aquí, no estará en un cuadruplex de Valle de los Cedros? Ya no hay cupo, joven, me dijo. Debería irse a la plaza de armas. Todos los muertos están por allá. ¿Pero y Juan?, pregunté y entré de un empujón. Huyó, creo, dijo el guardia, cuando todo mundo empezó a decirse gurú, cuando taparon los túneles por donde él andaba de un lado para otro de la ciudad sin preocupaciones. Mientras decidía si dejarme llevar por la desidia o caminar de regreso por las Vías, me topé con el espíritu de Othón, que se emborrachaba en el pasillo central. Inmensidad arriba, inmensidad, inmensidad abajo, dijo entre eructos. Sí, ya no hay cupo, pero hay un panteón muy bonito a unas cuadras, donde estaba la plaza de armas. ¿Dónde estaba la plaza de armas? ¡Pero la acabo de ver…! No, no era la plaza de armas. Después de una lluvia torrencial, hace ya tiempo, los ríos Españita y Santiago se desbordaron, La Corriente volvió a ser lo que era y los charcos de Santa Ana cubrieron la mitad de la ciudad. El gobernador de ese tiempo, un pelele, ordenó construir un panteón en cada barrio, para que descansaran los ahogados. ¿No recuerdas algunas lágrimas, paletadas de tierra, olor a zempasúchil? No era un sueño. No sé si para bien o para mal, nadie se ha dado cuenta. ¿Quieres un traguito?

2 de noviembre no se olvida


Y pensar


No sé bien lo que quiero, ni quiero saber lo que

quiero. Quiero tan solo
pensar en ella.
Nada le pido a nadie, ni a ella, sino pensar.

Pessoa

No le temo a la muerte. Me preocupa, sí, dejar de pensar. Dejar de escribir también pero como quiera, he dejado escapar tantas historias y tantas palabras se quedan en mi mente que no sería lo más importante, pero dejar de pensar sí me da en qué pensar. Distraido y todo, disfuncional acaso, mi mente es lo único que tengo, finalmente, en todo momento. Esa es mi realidad. Y me preocupa dejar de pensarte, tan placentero como resulta. El cuerpo finalmente se cansa, no puede uno vivir de placer, pero la mente se queda en esos momentos gozosos, plenos, ahí no pasa el tiempo ni nada muere ni envejece. Esa es la realidad. Y te pienso tanto. Y es que el pensamiento hasta cuando duele es tan mío; dedicado a ti pero mío. Si te viera morir te lloraría y no te olvidaría, te escribiría y quizá no dejaría tan fácilmente que bajaran tu cuerpo a la tumba, lo besaría una y otra vez como me gusta hacerlo tanto. Creo que me extrañaría, me he acostumbrado a mí, a mis lagunas y enmimismamientos, a buscarle tres pies al gato, a llevar mis procesiones por dentro y a cargar mis muertos en silencio. Y a pensarte. No me gusta la idea de no poder escribir qué se siente morir.



Inmensidad


viernes, 1 de noviembre de 2013

Sin título - Jeanne Karen

      El viento rompió mi paz con su canción de astillas.

Mientras yo era un despeñadero de sueños y sensaciones a punto de derrumbarse,

hacía algunas llamadas esporádicas a la muerte; mas la terrible idea del Leteo,

me hacía remontar las agua en la barca de mi locura.

Hoy he olvidado su rostro; pero aún recuerdo sus labios: precisos, exactos a la hora de hablar. Un color rojo, como velo susurrante y delicado los cubría. Y yo sentía curiosidad por verlos desnudos; deseaba conocer la tintura de sus dientes, revelar la verdad sobre su sonrisa.

Pero hay días en que me duele la lluvia, en que la lluvia se me encaja en la entraña abierta hasta el espíritu, hasta las vísceras, y me llena toda con su crueldad de luz herida y cosa contraria a la nada.

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(De La luna en un tatuaje, Editorial Verdehalago, 2003.