Desde que nacimos sólo tenemos una certeza insorteable: la muerte. Pero es para lo único que nunca nos queremos preparar. Hoy leemos del suicidio de un funcionario alemán que no pudo más con la presión. ¿Sigue sin quedarnos claro?
No sé si el haber tenido una experiencia cercana a la muerte me hizo más consciente de la posibilidad siempre latente. Lo cierto es que eso me ha ayudado para estar siempre preparada y jamás verla como mi peor enemiga. No hace mucho, leí un reportaje español sobre sicarios mexicanos, y me sorprendió que ellos, desde su “labor”, decían que la muerte es un escape, una salida. Obviamente, aunque me sorprendió su conceptualización, no les perdono sus formas.
Hoy que veo posturas tan variadas, que van desde los alarmistas, hasta los que andan como si nada, pasando por los egoístas acaparadores, los objetivos, los informadores, los divulgadores y los que no tienen opciones, me entristecen profundamente estos últimos, pero los entiendo: están en medio de dos filos que significan la muerte, sólo pueden escoger la forma en que ésta va a llegar.
Y, aunque sé que jamás me van a leer, quiero ofrecerles lo único que puedo: el aliento al buen morir. El recordarles que todos, todos —pobres, ricos, guapos, feos, gordos, flacos, chaparros, altos, tontos, listos, políticos, empresarios, trabajadores, patrones, etc.— vamos a morir también. Y nadie se va a llevar nada de esta vida. Todos vamos a dejar el sufrimiento que significa este cuerpo físico, y transitaremos ese agradibilísimo túnel negro, donde te sorprendes que se pueda estar tan bien. Y veremos esa luz blanca, y sabremos que vamos a su encuentro.
Pero, sobre todo, quiero decirles que lo que haya después de la luz no puede ser peor que esto… a menos que tengan razón quienes creen en la reencarnación.
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