lunes, 31 de octubre de 2022

Sábado - Carolina Toro

Moscas de mal agüero
rondando el pastel de la mesa.
La tarde se agota, 
nadie se ocupa de encender la luz:
una veintena de ojos hinchados.
—Mamá, ¿qué pasa?
—Nada.
hebras de humo 
susurrando 
con gravedad
y nada.

Papá me lo dijo,
desconsuelo.
Aspiré su olor a tabaco
llorando el miedo 
de que muriera igual que tú, 
en la víspera del día del padre.

Me llamabas
desde el juego semántico de los nombres:
Cariño, 
Carrito, 
Carruaje, 
Carriola. 
Yo te nombraba por una palabra 
al alcance de mis balbuceos: 
Callapá, 
Calla

Soñé contigo.
En tu sala,
En los ladrillos de tu habitación.
Tus ojos de nopal tras el humo de cigarro,
una bicicleta funesta.
Yo en el umbral,
“Métete, Carriola, te vas a morir de frío”.

Es mediodía de cualquier día
te llamo 
desde el chirrido de la carne frita y 
los aliños de la comida
Calla, cuentan ya cuarenta menos cuatro, 
soy una mujer
me pesa tu junio desesperanzado

Si tuviera que explicarlo hoy a mis hijos, 
no usaría palabras sino semillas 
para imaginar que renaces 
y que no te piensen debajo de la tierra 
cediendo tu cuerpo a los gusanos.
Lloraríamos juntos
y los abrazaría para que no mueran 
de incertidumbre o frío.

Te abrazo, Calla, 
En el lugar donde se detuvieron 
tus años sonrientes. 
Abrázame tú,
en la historia de “Las torres de Babilonia”
a cambio te diré cómo es tener un abuelo 
de edad inexacta
presente en todas las cosas.

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