viernes, 2 de noviembre de 2018

Olav - José Ángel Castañón Morales


Recuerdo que tiempo atrás leí el libro de Farabeuf y vino a mi mente la imagen de un amigo de la secundaria. No sé por qué fui su amigo, es decir, por qué el me aceptó como tal, pues durante un tiempo lo traté muy mal.
Fui vil con él, y él siempre ponía la otra mejilla. Eso me desesperaba. Quería que se defendiera. Y no lo hacía. Tal vez en aquel tiempo tenía miedo, o inseguridad. No sé. Pero eso me orilló a conocerlo mejor.
No me acuerdo bien cómo fue el acercamiento con Olav, el punto es que en determinado momento nos hablamos. Eso fue hasta el tercer grado, ya que antes de eso no recuerdo, hago memoria y no recuerdo haberme juntado antes. 
Y ya en tercero, fue porque a mi me gustaba una vecina de él.
Mis demás compañeros le decían La Chongos.
Aún la recuerdo. Me gustaba mucho. Ella no sé si estaba en la escolta, pero era claro que quería estar, esto debido a que una vez que teníamos Educación Física nos quedamos fuera del salón sin hacer nada. El salón estaba en la segunda planta. Y ella y sus demás compañeras estaban practicando los pasos de la escolta en los pasillos. Y mis jóvenes, inexpertos y pubertos amigos, igual que yo, cantaban algo así como un rap a los chongos de ella. Ya que en aquel entonces estaba de moda el rap, Gangsta´s Paradise de Coolio y los chongos por un personaje de caricatura llamado Ponki Bruster.

¿Por que recordé a Olav?... Es simple, él es médico.
Y creo que me acordé más porque él intentó comunicarse conmigo por medio de cierta red social. Yo no soy bueno para socializar. Pero Olav me saludaba. Su primer intento fue el veinte de noviembre del dos mil quince, el segundo mensaje que me envió fue el treinta y uno de diciembre del dos mil quince, ese día si le respondí y le desee un feliz año dos mil dieciséis.
Quise preguntarle por su mamá y su papá, ya que me caían muy bien. Son personas trabajadoras. Padres que buscan lo mejor para sus hijos.
Pero me daba pena preguntar.
Y hoy rebusco entre mis recuerdos y lo veo ahí sentado en el mesabanco, en la fila de en medio hasta mero enfrente. Siempre le gustó sentarse hasta enfrente, no le gustaba perderse nada de las clases.
En el recuerdo de ese día, todos entramos corriendo, ya habíamos hecho de las nuestras y había comentarios de mis compañeros en voz baja de que venía el Pato en persona a poner orden.
El Pato era el director de la secundaria "Julián Martínez Isaís" en aquel tiempo, mil novecientos noventa y seis.
Cuando llegó ante el umbral del marco de aquella puerta estaba serio. No se observaba molesto. Para nada.
Todos estábamos sentados como angelitos. Como si nadie hubiera hecho nada. En aquel año éramos el grupo de estudiantes más indisciplinado que había, éramos el 3E, de eso si me acuerdo.
Ahí estaba Olav comandando aquella fila. Cinco lugares atrás de él estaba un chico llamado Josué, el cual tenía sus piececitos colocados en la papelera.
Yo vi como el pato lo miró, y aquel director no vaciló en la carrera. Le dio tremenda patada a Josué. Y le dijo:
—Baje las patas de la papelera, joven.
Josué de la tremenda patada ya no las tenía en ella. Después llegaron los prefectos, llamados Maggy y Arturito. El director salió del salón y ellos se quedaron al mando.

Quince días después, cuando un profesor faltó y la vigilancia de los prefectos disminuyó a cero, hubo guerra de mochilas.
Era hermoso aquello. Cómo volaban las mochilas, e iban a dar a la cabeza de algún alumno o compañero mío, ya que por aquel tiempo había dos bandos y el mío era muy competitivo en aquellas cuestiones de juegos. Pero no sólo era de juegos sino que académicamente también.
Recuerdo que la maestra de biología, a la que apodábamos La Rambo —ese apodo me parece que le sobrevino debido a que utilizaba una muleta de madera, y tenía el pelo chino, pienso que los alumnos que estuvieron antes de mi, la bautizaron así— me caía muy bien. Era buena maestra. Sabia cuándo apretar tuercas y tornillos. Bueno pues aquella maestra de boquita chiquita y labios delgados, dividió a los hombres en dos equipos. Uno iba a defender a Lamark y el otro a Darwin.
Ella, cuando dijo con su sensual voz quiénes serían los integrantes de cada equipo y aclaró, con su característico modo de picar el orgullo, que nunca había visto ganar a los que defendían a Darwin, nos incitó a la guerra.
Nuestro equipo se preparó muy bien. Nosotros éramos los perdedores, según ella. En aquel debate ganamos. Nunca la había visto sonreír, y aquel día sonrió. Y nos dijo:
—En la vida, por los triunfos que consigan nunca se confíen.
Olav en aquel debate fue importante. Y en aquellos años era gordito.

Casi no jugaba cuando recién entramos a la secundaria. Me explico:
Todos los días en la mañana, cuando entrábamos al colegio, jugábamos basquetbol, o futbol. El deporte que jugaríamos dependía de qué balón llevara el dueño de los balones.
Recuerdo un día en particular, donde Olav estaba sentado en una banca. Y me indicó con su manilla regordeta, que arriba estaba observando La Chongos.
Volteé, y ahí estaba en el barandal, observando. No supe mientras jugaba si me veía pero le puse todos los kilos aquel día.
En aquel primer partido, me pasaron una serie de desgracias:
Desgracia número uno:
Mientras jugaba, un compañero llamado Pedro me pasó el balón de baloncesto. Iba encarrerado driblando, estaba haciendo una buena jugada. Pero no traía tenis, y en una de esas resbalé y caí muy feo. Voltee a ver a donde estaba mi inspiración y estaba observándome. Me quería morir.
Desgracia numero dos:
En el receso, de igual manera mi inspiración estaba observando desde las alturas. Hice una buena jugada y anoté. Regresé pido a defender. El balón salió de la cancha tras el  poste donde está fijado el tablero, observé la disposición de mis compañeros y miré una oportunidad de gran ventaja, pero tenía que lanzar el esférico lejos a mi compañero que ya lo esperaba; eso traté de hacer, pero no calculé bien y al lanzarlo rebotó en el tablero, de donde rebotó directo a mi cara, dejándome tirado.
Recuerdo que Olav se acercó, mientras todos los demás como en el primer incidente se reían. Me preguntó:
—¿Estas bien?
No le contesté por vergüenza. Me daba pena. Por fin le pregunté:
—¿Está viendo para acá?
—Sí.
Me quería morir otra vez. Comprendí que a ese paso no lograría nada.

Tenía que actuar de otra manera. Ser más inteligente, cautivador, y con creces, por lo que decidí escribirle una carta. Sí, una carta, ya que antes no había móviles y correo electrónico a la mano, como ahora.
Pero jamás se la entregué.
En aquel año la maestra Rambo estaba revisando unas libretas, y dijo:
—¿Quién se quiere ganar un punto extra?
Inmediatamente yo levanté la mano.
—Lleva estas libretas al grupo de Segundo D.
Ya las llevaba, iba emocionado pues me iba a ganar un punto por algo muy fácil, y por fortuna no recordaba ese día nada de La Chongos.
Llegué y estaba ella en el escritorio. Dije: aquí les manda la maestra de Biología. Recuerdo, aunque algo borroso que hubo buena comunicación. Le dejé las libretas, nos despedimos amistosamente. En ese momento no me sentí para nada nervioso, sino hasta después, cuando mi corazón me hacía sentir su alegría.

Tiempo después ella se enteró que me gustaba y todo se complicó.
Una de mis compañeras metió la cuchara. Mandó una carta a otra chica diciendo que yo la mandaba. Fue un desastre. Quise componer aquello, pero no pude.
Como dije, Olav la tenía de vecina. Y al principio, es cierto, lo visitaba solo para verla a ella. Para respirar cerca de donde ella lo hacía. Observé quién era su familia, sus amigos, y a qué se dedicaban.
Después, no solo iba para ver a La Chongos. Iba para hablar con mi mejor amigo de ese período.
A veces me acerco a ese chico de dieciséis años y le doy consejos. Pero aún hace lo que quiere. Me acerco a su oreja y le digo: "Dile a Olav que lo aprecias". ¿Decirle que se acerque a La Chongos? Aún hoy no se que decirle, pues soy muy tonto para eso.
Un día este chico de dieciséis años tocó la puerta de la casa donde vivía La Chongos, preguntó por ella al que parecía ser su hermano, y después ella salió. Él estaba hecho un manojo de nervios. Ella le dijo que su papá estaba observando la televisión. Él sólo dijo bueno, disculpa, nos vemos. Y fue todo.

Él en aquellos años tenía algo de maldad, la que comúnmente tiene todo chico a esa edad, pero no aquella que se utiliza para herir a los demás. Olav le dijo que eso estaba mal, pero al jovencito aquel le valió sorbete, estaba hasta la coronilla de ser hasta cierto punto bueno, según él.
Trabó amistad con un chico llamado Pikol, quien le preguntó:
—¿Qué quieres?
—Quiero utilizar a las chicas como tú lo haces.
—¿Eso? ¿Crees tener madera? —le preguntó aquel chico. Como si se necesitase tener madera.
—Sí.
—Bueno, vamos a ir a la secundaria y vas hacer lo que yo haga.
Fuimos a otra secundaria. No sabía lo que iba hacer. Era la hora de salida de los alumnos de la tarde. Nos metimos antes de que sonara la chicharra. Y cuando empezó a salir todo el alumnado, y se hubo formado el cuello de botella, Pikol se introdujo también entre los alumnos. Yo lo seguí, él iba manoseando a las chicas, les metía mano por debajo de la falda. Las chicas no decían nada. Se veían asustadas.
No pude hacerlo. Cuando salimos, me agarró del cuello de la camisa, y me tiró al piso. Me dio varias patadas. Y un puñetazo en la cara. Yo sólo recordaba el rostro de las chicas asustadas. Al ver que no me inmutaba por los golpes que me había dado, sacó una navaja. Eso si me hizo ponerle atención.
Dijo:
—Si llegas a contar lo que paso aquí, ya verás.
Años después él falleció.
El recuerdo de las chicas asustadas no me lo he podido quitar.

La visión de la navaja, que entra y sale, me llena la memoria.
Al llegar al hospital, a él le tocaba estar de guardia en urgencias, hubiera deseado que no estuviera. Pero estaba cuando yo llegué.
Mi amigo intenta parar la hemorragia. Estoy ya en una camilla en el hospital donde él trabaja, no sé si sabe quién soy. Quisiera que me recordara en este momento, para que cuando tenga que firmar la hoja de defunción no sienta que debió haber hecho más. Cuando me identifiquen seguro sabrá quién soy.
Solo le alcanzo a decir gracias, gracias, amigo. Es lo que alcanzo a decirle varias veces. Veo su cara extrañada. Y dice:
—No hable señor.
Pero yo le sigo diciendo gracias, amigo. Y sin querer se me sale darle la respuesta a una pregunta que una vez me hizo:
—¡Me gustaba mucho La Chongos!
Él se congela por varios segundos, ya en sus ojos parecen volver recuerdos en forma cristalina. Creo que no sabe qué hacer.

Se reanima su ímpetu. Yo solo le digo: gracias, amigo.

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